2015 me sentó como una fiesta larga, intensa, brutal. Agotadora. Lo
cual no tiene que significar excelente. Ni tampoco que haya sido
desastrosa. En esete caso, ambas a la vez.
2015 fue un año de
altibajos, con momentos álgidos excepcionales y todo lo contrario
también. Muchas emociones. Noches de llorar hasta quedarme dormido.
Noches de risas hasta dolerme las costillas. Días de miedo de no ser
capaz de pensar. Días de sonreir hasta dolerme la cara.
Pérdidas y
ganancias. Y kilómetros. Muchos kilómetros. Alrededor de 9000, con la
mochila a la espalda. Aviones, autobuses, trenes.
A punto de
terminar el año, finales de diciembre, el agotamiento, el desgaste
físico y mental era tremendo. Como al llegar a casa y se adivina el
amanecer al horizonte. Y enero a la vuelta, cual veisalgia tras noche de
consumición excesiva de bebidas espirituosas. Una veisalgia bien gorda,
además. Casi tres semanas de tensión y pánico.
Pero como quien se
acuesta un domingo por la noche, cuando el dolor de cabeza remite y las
náuseas desaparecen, se terminó enero. Volé a casa. Y ha empezado
febrero, la vida normal. En esta alegoría, febrero sería el equivalente
al lunes. Pero un lunes en mi terreno.
Eso tiene su significado.
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