Dos semanas.
Catorce días.
336 horas.
Para volar a casa.
Volver a mi hábitat natural, junto al mar.
Ver otra vez a mi familia.
Abrazar
a mi madre, a mi hermano, a mis tíos, a mis tías, a mis primos, a mis
primas, a mi abuelo, a mis abuelas. A ver si aguanto las lágrimas.
Ver a mis amigos, mi otra familia.
Respirar
el aire de mis santuarios: mi habitación, mis bares habituales, los
rincones junto al mar en los que me escondo para respirar y no pensar,
al menos por un rato.
Ser capaz de entender las conversaciones de la calle (maldito neerlandés).
Lo
que no me llena de alegría pero siento que debo hacer en cuanto vuelva:
visitar la tumba de mi padre. Llevar flores. Azules y blancas, ahí no
hay discusión.
Dos semanas en las que debo trabajar como si me fuera en ello.
Puedo hacerlo. Puedo hacerlo. Puedo hacerlo.
miércoles, 2 de diciembre de 2015
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