domingo, 10 de enero de 2016

El equilibrio se ha roto

Vivir en el extranjero se ha cargado mi equilibrio vital.

No me refiero a que eche horriblemente de menos a mi familia, mis amigos, mis compañeros de universidad, hasta la propia facultad (o mi vida en ella, más bien). Ese tema requiere un texto entero en sí mismo. Una simple mención de pasada me parece cercano a ofensivo.

Bueno, voy a lo que venía.

Cuando estaba en casa, tenía el ritmo de vida bien pillado. Desde primera hora de la mañana hasta la comida, clases en la universidad. A la tarde, unas tres horas de media más o menos de estudio en la biblioteca junto a la facultad, siempre que no tocara trabajo de laboratorio. Al no acercarme a casa, las posibilidades de distracción eran mínimas, inversamente proporcionales a mi productividad (sobre todo cuando el acceso a internet quedaba fuera de la ecuación, ergo dejar el móvil y el portátil en una de las taquillas de la universidad o la biblioteca). Tiempos de bonanza.

No hay nada como irse 1000 km dirección Quinto Pino para que todo se vaya al cuerno. Aquí todo es diferente, empezando por el idioma (maldito neerlandés).

Aun a temor de sonar a una versión de mí dos décadas más joven (versión que ya poseería la capacidad de hablar (qué viejo me noto de repente)), no puedo evitar pensar: quiero volver a casa.

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