lunes, 18 de abril de 2016

Todavía, Azul

Han pasado casi seis años. Seis.

Parece mentira.

Suficiente para olvidar a alguien en concreto, conocer a otros álguienes. Seguir adelante. Vivir cosas nuevas, maravillosas, horribles.

En este orden: no, sí. A medias. Sí, sí, sí.

Basta media hora larga y hablar de nada y todo en general: estudios, política, terrorismo, familia.

Sin mirar ni móvil ni a la gente que pasa al lado.

Aunque lo que no ha cambiado es que yo soy el único que le da importancia. Sigo teniendo dieciocho, sigue siendo 2010.

Y todavía, Azul.

miércoles, 9 de marzo de 2016

La Gran Veisalgia (AKA La Gran Resaca)

2015 me sentó como una fiesta larga, intensa, brutal. Agotadora. Lo cual no tiene que significar excelente. Ni tampoco que haya sido desastrosa. En esete caso, ambas a la vez.

2015 fue un año de altibajos, con momentos álgidos excepcionales y todo lo contrario también. Muchas emociones. Noches de llorar hasta quedarme dormido. Noches de risas hasta dolerme las costillas. Días de miedo de no ser capaz de pensar. Días de sonreir hasta dolerme la cara.

Pérdidas y ganancias. Y kilómetros. Muchos kilómetros. Alrededor de 9000, con la mochila a la espalda. Aviones, autobuses, trenes.

A punto de terminar el año, finales de diciembre, el agotamiento, el desgaste físico y mental era tremendo. Como al llegar a casa y se adivina el amanecer al horizonte. Y enero a la vuelta, cual veisalgia tras noche de consumición excesiva de bebidas espirituosas. Una veisalgia bien gorda, además. Casi tres semanas de tensión y pánico.

Pero como quien se acuesta un domingo por la noche, cuando el dolor de cabeza remite y las náuseas desaparecen, se terminó enero. Volé a casa. Y ha empezado febrero, la vida normal. En esta alegoría, febrero sería el equivalente al lunes. Pero un lunes en mi terreno.

Eso tiene su significado.

domingo, 10 de enero de 2016

El equilibrio se ha roto

Vivir en el extranjero se ha cargado mi equilibrio vital.

No me refiero a que eche horriblemente de menos a mi familia, mis amigos, mis compañeros de universidad, hasta la propia facultad (o mi vida en ella, más bien). Ese tema requiere un texto entero en sí mismo. Una simple mención de pasada me parece cercano a ofensivo.

Bueno, voy a lo que venía.

Cuando estaba en casa, tenía el ritmo de vida bien pillado. Desde primera hora de la mañana hasta la comida, clases en la universidad. A la tarde, unas tres horas de media más o menos de estudio en la biblioteca junto a la facultad, siempre que no tocara trabajo de laboratorio. Al no acercarme a casa, las posibilidades de distracción eran mínimas, inversamente proporcionales a mi productividad (sobre todo cuando el acceso a internet quedaba fuera de la ecuación, ergo dejar el móvil y el portátil en una de las taquillas de la universidad o la biblioteca). Tiempos de bonanza.

No hay nada como irse 1000 km dirección Quinto Pino para que todo se vaya al cuerno. Aquí todo es diferente, empezando por el idioma (maldito neerlandés).

Aun a temor de sonar a una versión de mí dos décadas más joven (versión que ya poseería la capacidad de hablar (qué viejo me noto de repente)), no puedo evitar pensar: quiero volver a casa.