sábado, 2 de julio de 2011

Echar a volar

Noche cerrada.

Llueve a cántaros.

Tanto, que no se alcanza a ver nada a más de dos metros de distancia.

Pero eso no importa, todavía no.

La torre se alza delante de él, tan alta, tan inmensa, que su cima se pierde entre las nubes grises.

Empieza a trepar.

Poco a poco, asciende.

Pierde pie más veces de las que se atrevería a admitir por culpa de la lluvia y la fachada resbaladiza al mojarse, pero sigue subiendo.

Lo que son minutos parecen horas, y lo que son horas, días.

Pero eso no es importante.

Lo único que importa es el ascenso, llegar hasta el vértice.

Tras lo que parece una eternidad, se pone en pie.

Lo ha logrado, ha llegado.

La ciudad ya no se ve, oculta bajo las nubes.

Por eso hace rato que ya no siente la lluvia, la ha dejado atrás.

Ha llegado el momento.

Es hora de dejar la gravedad atrás.

Extiende las alas.

Todavía no sabe si están listas, pero esta es la mejor forma de probar.

Un salto, nada más.

Una brizna de duda, que se desvanece al recordar el camino que acaba de recorrer.

Salta.

Al principio cae, pero mantiene las alas abiertas, y así empieza a planear.

Vuela por encima de todos los tejados.

A pesar de que le duelen todos los músculos, suelta un grito de júbilo, nada puede igualar esa sensación.

Después, empieza a batir las alas, y vuelve a ascender.

La sensación más maravillosa de todas.