miércoles, 9 de marzo de 2016

La Gran Veisalgia (AKA La Gran Resaca)

2015 me sentó como una fiesta larga, intensa, brutal. Agotadora. Lo cual no tiene que significar excelente. Ni tampoco que haya sido desastrosa. En esete caso, ambas a la vez.

2015 fue un año de altibajos, con momentos álgidos excepcionales y todo lo contrario también. Muchas emociones. Noches de llorar hasta quedarme dormido. Noches de risas hasta dolerme las costillas. Días de miedo de no ser capaz de pensar. Días de sonreir hasta dolerme la cara.

Pérdidas y ganancias. Y kilómetros. Muchos kilómetros. Alrededor de 9000, con la mochila a la espalda. Aviones, autobuses, trenes.

A punto de terminar el año, finales de diciembre, el agotamiento, el desgaste físico y mental era tremendo. Como al llegar a casa y se adivina el amanecer al horizonte. Y enero a la vuelta, cual veisalgia tras noche de consumición excesiva de bebidas espirituosas. Una veisalgia bien gorda, además. Casi tres semanas de tensión y pánico.

Pero como quien se acuesta un domingo por la noche, cuando el dolor de cabeza remite y las náuseas desaparecen, se terminó enero. Volé a casa. Y ha empezado febrero, la vida normal. En esta alegoría, febrero sería el equivalente al lunes. Pero un lunes en mi terreno.

Eso tiene su significado.