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Pudiendo elegir entre todo lo que puedes ser ... ¿Por qué conformarse con uno y nada más?
Porque es mejor reinventarse cada día.
lunes, 17 de octubre de 2011
domingo, 16 de octubre de 2011
Un trato con el diablo
En una pequeña ciudad costera, nació un niño, hace ya varios años.
No era el más inteligente, ni el más atractivo, ni el más carismático.
Tampoco era popular. Más bien todo lo contrario.
Nadie se molestaba en mirarlo dos veces, y menos aún en cruzar con él más de tres palabras seguidas.
Y cuando lo hacían, no eran críticas constructivas.
Era peor cuando intentaba hacer gracia con comentarios o chistes.
Se le lanzaban a la yugular.
Pero podía soportarlo.
Hasta que un día, no pudo.
Intentaba hacer oídos sordos a las burlas, ignorar las miradas de desprecio.
Pero era demasiado.
Sentía que se desmoronaba.
Todo cambió una tarde lluviosa de principios de otoño.
Hacía unos meses que el niño había cumplido los catorce años.
Había salido a caminar para despejarse la mente, cuando de repente, un hombre se cruzó en su camino.
Era alto y delgado, se le adivinaba el pelo blanco debajo de su sombrero.
La cara, surcada de arrugas, delataba su avanzada edad.
Llevaba un largo abrigo negro cubriendo un traje oscuro y elegante.
Su mano izquierda sujetaba un bastón, cuyo pomo era una calavera en miniatura.
Un olor a huevo podrido flotaba en el aire.
Y entonces, el anciano habló.
Sabía de los problemas del niño, cada palabra que le habían dicho y que no le habían dicho.
Le ofreció una solución.
Una forma de hacer que nada de lo que le dijeran pudiera afectarle más.
El niño se interesó de inmediato.
Le preguntó el precio.
'Tu alma' respondió el anciano. 'Por tres años. Cuando pasen, te la devolveré'.
El niño aceptó sin pensarlo.
Preguntó cómo había que sellar el trato.
El anciano le ofreció la mano y el niño le dio un apretón.
Y todo se apagó de golpe.
Lo despertó la lluvia cayendo sobre su cara.
Estaba tumbado en el suelo y el anciano había desaparecido, pero retazos del olor aún seguían ahí.
Tardaría años en entender qué significaba ese olor.
Aun así, no se notaba distinto, así que se fue a casa tan decepcionado como había venido.
A la mañana siguiente en clase, todo cambió.
El anciano había cumplido su palabra, nada le afectaba.
Es más, todo le daba igual.
Sintió alivio, y nada más.
Y así fue durante los próximos tres años.
El día en el que se cumplieron tres años del trato, el niño se sintió extraño.
Había aprendido a vivir sin alma, a aparentar que era como los demás, pero con sus rarezas.
Era raro pensar que pronto no tendría que hacerlo más.
Fue a la misma calle.
Tdo parecía igual, como si fuera el mismo día, años atrás.
Llovía, no había nadie.
Como esperaba, el anciano apareció, y sin mediar palabra, le ofreció su mano.
En esta ocasión, reconoció el olor, y tuvo miedo, pues era sulfuro de hidrógeno.
Azufre.
Sabía lo que significaba eso.
Pero esta vez, el niño tampoco se lo pensó, al fin y al cabo, se sentiría completo con el alma de vuelta.
Ocurrió lo mismo.
Perder el conocimiento, despertarse tumbado boca arriba, la lluvia cayendo sobre él.
Sintió esperanza.
Al día siguiente notó que había algo distinto, volvía a sentir interés por la gente, sus opiniones, sus anécdotas.
Pero no como antes.
Parte de él seguía sintiéndose igual de vacío.
No se sorprendió, a su pesar.
Sabía lo que era el anciano, y que tenía que haber ido con cuidado, pero era tarde, estaba hecho.
Aun así, eso no le impidió ir a la misma calle cada día, y preguntar a gritos por qué.
Tras varios días sin respuesta, al fin apareció.
Con una sonrisa maligna en el rostro, le dijo que el alma no podía estar fuera del cuerpo sin deteriorarse. '¿No te lo había dicho?'
Y se desvaneció sin más.
Azufre otra vez.
El niño supo entonces que tendría que aprender a sobrevivir.
Como siempre había hecho.
No era el más inteligente, ni el más atractivo, ni el más carismático.
Tampoco era popular. Más bien todo lo contrario.
Nadie se molestaba en mirarlo dos veces, y menos aún en cruzar con él más de tres palabras seguidas.
Y cuando lo hacían, no eran críticas constructivas.
Era peor cuando intentaba hacer gracia con comentarios o chistes.
Se le lanzaban a la yugular.
Pero podía soportarlo.
Hasta que un día, no pudo.
Intentaba hacer oídos sordos a las burlas, ignorar las miradas de desprecio.
Pero era demasiado.
Sentía que se desmoronaba.
Todo cambió una tarde lluviosa de principios de otoño.
Hacía unos meses que el niño había cumplido los catorce años.
Había salido a caminar para despejarse la mente, cuando de repente, un hombre se cruzó en su camino.
Era alto y delgado, se le adivinaba el pelo blanco debajo de su sombrero.
La cara, surcada de arrugas, delataba su avanzada edad.
Llevaba un largo abrigo negro cubriendo un traje oscuro y elegante.
Su mano izquierda sujetaba un bastón, cuyo pomo era una calavera en miniatura.
Un olor a huevo podrido flotaba en el aire.
Y entonces, el anciano habló.
Sabía de los problemas del niño, cada palabra que le habían dicho y que no le habían dicho.
Le ofreció una solución.
Una forma de hacer que nada de lo que le dijeran pudiera afectarle más.
El niño se interesó de inmediato.
Le preguntó el precio.
'Tu alma' respondió el anciano. 'Por tres años. Cuando pasen, te la devolveré'.
El niño aceptó sin pensarlo.
Preguntó cómo había que sellar el trato.
El anciano le ofreció la mano y el niño le dio un apretón.
Y todo se apagó de golpe.
Lo despertó la lluvia cayendo sobre su cara.
Estaba tumbado en el suelo y el anciano había desaparecido, pero retazos del olor aún seguían ahí.
Tardaría años en entender qué significaba ese olor.
Aun así, no se notaba distinto, así que se fue a casa tan decepcionado como había venido.
A la mañana siguiente en clase, todo cambió.
El anciano había cumplido su palabra, nada le afectaba.
Es más, todo le daba igual.
Sintió alivio, y nada más.
Y así fue durante los próximos tres años.
El día en el que se cumplieron tres años del trato, el niño se sintió extraño.
Había aprendido a vivir sin alma, a aparentar que era como los demás, pero con sus rarezas.
Era raro pensar que pronto no tendría que hacerlo más.
Fue a la misma calle.
Tdo parecía igual, como si fuera el mismo día, años atrás.
Llovía, no había nadie.
Como esperaba, el anciano apareció, y sin mediar palabra, le ofreció su mano.
En esta ocasión, reconoció el olor, y tuvo miedo, pues era sulfuro de hidrógeno.
Azufre.
Sabía lo que significaba eso.
Pero esta vez, el niño tampoco se lo pensó, al fin y al cabo, se sentiría completo con el alma de vuelta.
Ocurrió lo mismo.
Perder el conocimiento, despertarse tumbado boca arriba, la lluvia cayendo sobre él.
Sintió esperanza.
Al día siguiente notó que había algo distinto, volvía a sentir interés por la gente, sus opiniones, sus anécdotas.
Pero no como antes.
Parte de él seguía sintiéndose igual de vacío.
No se sorprendió, a su pesar.
Sabía lo que era el anciano, y que tenía que haber ido con cuidado, pero era tarde, estaba hecho.
Aun así, eso no le impidió ir a la misma calle cada día, y preguntar a gritos por qué.
Tras varios días sin respuesta, al fin apareció.
Con una sonrisa maligna en el rostro, le dijo que el alma no podía estar fuera del cuerpo sin deteriorarse. '¿No te lo había dicho?'
Y se desvaneció sin más.
Azufre otra vez.
El niño supo entonces que tendría que aprender a sobrevivir.
Como siempre había hecho.
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