lunes, 20 de enero de 2014

Sé leal a tu gente

En mi más tierna juventud, prácticamente estuve solo.

Fuera de casa, mi único espacio seguro, hubo un tiempo en el que no tenía a nadie. Una época en la que tuve que resistir con mi propia fuerza de voluntad y nada más.

En esa época, aunque yo no me diera cuenta, me juré a mí mismo que si encontraba gente junto a la cual estar en pie ante y mirando frente a frente al mismo fin del mundo, no les traicionaría mientras me quedara una gota de sangre en el cuerpo.

Ese es el único principio que ha regido mi vida durante los últimos ocho años, la única norma por la que todavía rijo mi día a día. Menos de una docena de personas a las que no tracicionaría por absolutamente nada de este mundo o cualquier otro.

Por eso, cuando llega el día en el que hago algo que mi mente considera traición, no puedo estar tranquilo hasta que confieso mi pecado y empiezo mi penitencia por mucho que me cueste y sin importar lo mucho que tarde en ganarme la redención.

Porque da igual si aquel contra quien cometo mi ofensa perdona y olvida, o si incluso jamás llega a hacerlo. Yo no olvido mis pecados. Soy incapaz. Mi propio subconsciente me atormenta día a día hasta que llegue mi final, tras haber cargado toda mi vida con esos actos producto de unos impulsos que debería haber aprendido a controlar hace muchos años.

Nero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario