lunes, 23 de diciembre de 2013

De guaridas y refugios

Todo el mundo tiene al menos un lugar en el que se encuentra en paz y a salvo, tanto física como mentalmente. Un lugar, un rincón en el que no eres ni 'hij@ de tal', "amig@ de cual" o "¿Tú no estabas saliendo con ...?", sino que da igual quién seas.

Pero todo eso cambia cuando llevas a alguien especial. Desde ese mismo instante, ese lugar deja de ser solo propio. Ya no te sientes igual. Eso es porque has perdido ese santuario. Para siempre. Porque acabe como acabe esa relación, ese lugar dejará de ser solo tuyo. Pasará a ser algo compartido.

¿Y qué se hace entonces? ¿Qué haces, una vez que has perdido tu refugio secreto? ¿Buscas otro? No es tan fácil. No estoy hablando de un lugar en el que poder sentarse a leer el periódico o mirar tus mensajes mientras pasa al lado gente sin parar. Me refiero a un lugar en el que puedas estar durante horas sin que te vengan a la mente recuerdos sobre personas que ya no están, o que podrían haber estado y no estarán. Un lugar en el que pensar en lo que quieras porque es en lo que quieres pensar.

Yo perdí el mío hace tiempo. Dejé entrar a alguien que luego se fue, pero a la vez nunca se ha ido. Ahora la único guarida que me queda está en el interior de mi mente, donde nadie entra sin mi permiso, a donde por el momento no sé si quiero ser capaz de dejar entrar a nadie. La pega es que ahí dentro controlar los pensamientos que van y vienen es más difícil.

Y así estoy yo. Huérfano de santuario.

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