sábado, 28 de julio de 2012

Alrededor de media década

Es una fresca pero cálida noche de verano.

Tengo mucho sueño tras un día largo e intenso, pero no quiero irme a dormir, porque mi cabeza bulle.

Estoy en el balcón de mi cuarto, con la vista puesta en el infinito, mirando sin ver.

Las únicas luces en la calle son las farolas, y gente que sigue despierta todavía, aunque son pocos ya.

Reina el silencio, arropado por el zumbido del aire acondicionado del súper de la plaza, y un poco de tráfico.

Esta noche, me he puesto a pensar.

En el tiempo, y en cómo pasa.

En cómo ha pasado el tiempo desde que me juré a mí mismo que nunca más vovlería a dejar que lo que los demás hagan o digan me afectase, que no sería débil.

Que siempre mantendría la calma, el control sobre mí mismo.

Sería frío, indiferente, sereno y callado.

A veces me sale bien, a veces no. En ocasiones, una palabra, un recuerdo, una canción, hacen que reaccione bajando la vista y me encierre en mi mente, en silencio.

Y lo peor es que incluso cuando sale bien, sale mal.

Porque ser demasiado frío es malo. Porque se te puede olvidar cómo sentir las cosas, y si sabes cómo sentirlas no sueles poder expresarlas.

Y eso lo pagas, con dolor y lágrimas.

Porque es a la vez bendición, a la vez maldición.

En esta noche de verano, me he puesto a pensar.

En todo lo que ha pasado en los últimos años.

Y en la decisión que tomé hace alrededor de media década.

A partes iguales éxito y derrota.

Una elección cuyas consecuencias pesan como una losa atada al cuello.

Y esa losa me aplasta, me ahoga, me hunde en un abismo.

Y no sé salir.

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