En cuanto pongo un pie en la calle, vuelvo a sentirme en mi elemento.
Puedo notar cómo se mueven las corrientes, como si se tratara de un pez orientándose en el fondo marino.
En cuanto deciden a dónde ir, mis pies toman el mando y dejo de pensar. Ellos, por su cuenta, toman la ruta más corta.
Y así logro deslizarme entre un mar de rostros, cuerpos, brazos y piernas que veré y olvidaré según los voy dejando atrás, obstáculos móviles que voy dejando atrás sin reducir a velocidad un solo ápice, como si vanzara por una calle vacía, sereno, estoico e impasible.
Pero, por encima de todo, la sensación de estar en paz conmigo mismo y con el mundo, en equilibrio.
Inigualable.
lunes, 25 de junio de 2012
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