Es lo que nadie recuerda ni echa de menos del verano: las noches. Calurosas, y difíciles a la hora de dormir.
Y por eso, mi cabeza hace lo único que puede a esas horas de madrugada: divagar. Sobre el pasado que no puedo cambiar ni olvidar, el presente en el que me siento totalmente incapaz y el futuro que me aterra porque no sé lo que vendrá.
No soy capaz de olvidar lo que dejé escapar, lo que no pude ni supe retener, de cuando no fui lo bastante diplomático, o de cuando no repartí unas cuantas hostias cuando tocaba. Hubo también cuando no supe dar media vuelta e irme tan pronto como debería haber hecho.
La única palabra para definir mi presente es incertidumbre. En lo que a algún que otro asunto respecta, sigo tan perdido como a los diecinueve. En otros, sé lo que debo hacer, pero me faltan voluntad y cojones, como siempre.
Y con el futuro, si viene de mi presente, casi puedo darme ya por jodido.
Por noches como esta no puedo evitar añorar considerablemente las frías noches de diciembre, o de invierno en general, esas en las que lo único que importa es mantener el calor y nada más, sin divagaciones que no ayudan en nada bueno, sino todo lo contrario, contribuye exclusivamente para joder.
¿Cómo se resume esto? Fácil: el día en el que a la gente se le enseñó a seguir adelante en la vida, a mí me pillaron mirándome los mocos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario