Esta noche de sábado, me he llevado un mechero, como quien dice, por arte de magia y sin comerlo ni beberlo.
Un mechero, según algunos, puede diferencar a un fumador de un no fumador, según qué dedo se usa para encenderlo.
Aunque una vez se sabe eso, se aprende a accionarlo con cualquier dedo, dando al traste con esa teoría.
Pero no acaba ahí la reflexión.
He descubierto una cualidad más en este mechero, una que no me esperaba.
Este cacharro tiene la capacidad de hacer retroceder la mente en el tiempo, a una época en la que hacer arder unos pedazos de cartón en una situación controlada, ver hasta dónde llegaba la llama, o ver cómo se apagaba ella sola era lo más divertido que unos críos podían pensar, una época y una edad en la que puede ganarse y perderse todo en un parpadeo, una época en la que todo y todos eran distintos a como lo son ahora.
Se piensa en cómo el tiempo no acostumbra a dejar las cosas como están, ni lo pone todo patas arriba. Puede hacer ambas cosas, o incluso ninguna. Pero siempre queda ahí la capacidad de cada individuo de crear su propio camino, cambiarse a uno mismo para superar los obstáculos que han vivido y no caer de nuevo. La voluntad de luchar contra cualquier barrera, incluso alguna propia, una y otra vez. Y no rendirse jamás, a pesar de ir perdiendo.
jueves, 26 de abril de 2012
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario