Son tres historias, que nada tienen que ver entre sí a simple vista, pero que unidas, independientemente del orden, dan lugar a un final. Y a un comienzo.
-Zapatero: Dos muchachos estaban comiendo en el comedor de su instituto. Era tarde, y la comida estaba mala, así que se entretenían charlando y haciendo el tonto. En algún momento, a uno de ellos se le ocurrió cantar: Zapatero! Hijo de puta! Y el otro le siguió cual borrego.
Al día siguiente, o al próximo, qué más da, el chico-borrego, al que llamaremos borrego, salía de una clase de matemáticas, cuando se encontro al otro, el cantor, con su clase. Al verle, el borrego se puso cantar Zapatero! Hijo de puta! Pero no solo no le siguió, sino que empezó a reirse de él, con toda su clase. FIN.
-Un discman: Viernes. Última hora de clase. Aula de plástica. Suena el timbre de fin de clase. Todo el mundo se lanza hacia la puerta. Un alumno quiere hacerse el gracioso y se planta bajo la puerta y no deja pasar a nadie. Con una mano se agarra al marco, y con la otra, sujeta el cuaderno de plás tica, con el estuche y su discman encima. La gente se pone a empujar, pero no le quitan, pues a pesar de su baja estatura, tiene mucha fuerza. Al rato, un estudiante empuja con todas sus ganas, y consigue tirarle el discman al suelo, haciendo que el portero se cabree, y se vaya hecho una furia.
Al anochecer, el bestia, el portero y algunos amigos quedan para ver un partido de baloncesto, en el que el bestia planea disculparse por su comportamiento, cuando ve que el portero llega tan alegre como si nada hubiera pasado, diciendo que ha arreglado su discman. FIN.
-Un tablón de madera: Era un sábado por la tarde. Habían quedado un montón de gente, todos del colegio. Estaban en las escaleras del estadio de la ciudad. Algunos habían empezado a fumar, por aquello de sentirse mayores. Estaban en la edad de jugar con fuego, de encontrar cosas en cualquier parte, descubrir el mundo por su cuenta.
Ese día en concreto, encontraron un tablón de madera al lado de un contenedor. Tenía la forma de una tabla de skate, pero más ancha por los lados. Todos se habían puesto a jugar como si hicieran skate sobre ella. Hasta que uno de ellos llegó, y sin proponérselo, la rompió. Al chico que la encontró no le hizo ninguna gracia, y desde entonce, se dedicó a ser lo más desagradable que pudiera con el tipo que l ehabia arruinado el juguete nuevo. FIN.
Estas tres historias no tienen nada que ver entre ellas por separado, salvo algunos de los personajes. Pero entrelazándolas, se puede empezar a ver cómo la vida de una persona se hace añicos. La mayoría de los que vivieron estos relatos probablemente no los recuerden, pero el muchacho que salió perdiendo en los tres no los ha olvidado, después de 6 largos años.
Aquel fue el fin de una vida. Y el comienzo de la siguiente.
Nero begins.
lunes, 5 de septiembre de 2011
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